Quiénes somos

Siempre hay buenas excusas para preguntarnos quiénes somos, de qué estamos hechos. Claro, habrá muchas razones para posponerlo, pero vale la pena cada cierto tiempo el ser capaces respondernos sin evasivas. Hoy por hoy, las excusas que me llevan a este examen es el estar cerrando la maestría que me ha hecho vivir dos años fuera de mi país, y también la reestructuración de este periódico, El Metropolitano Digital, que sigue apostando por otra manera de contarnos lo que ocurre en El Salvador. La tercera excusa son esas protestas, esos ataques en hospitales y en calles, que nos hacen volvernos hacia adentro, a ver qué somos como individuos y a cuestionar qué somos como grupo.

«Somos la suma de todos los que nos precedieron, de todo lo que fue antes que nosotros, de todo lo que hemos visto. Somos toda persona o cosa cuya existencia nos ha influido y a la que hemos influido. Somos todo lo que ocurre cuando ya no existimos, y todo lo que no habría sido si no hubiéramos existido», dicen al cierre de una (hermosa) película titulada “Almanya”. Por eso comenzamos con esta idea: «somos la suma de todos los que nos precedieron». Resulta que sí, que ningún ser humano está aislado: durante siglos nos hemos ido construyendo de manera colectiva, afectándonos mutuamente a veces sin sospecharlo o sin comprobarlo. Como diría Borges en su poema “Las causas”: «El infinito lienzo de Penélope. / El tiempo circular de los estoicos. / La moneda en la boca del que ha muerto. / El peso de la espada en la balanza. / Cada gota de agua en la clepsidra. / Las águilas, los fastos, las legiones. / César en la mañana de Farsalia. / La sombra de las cruces en la tierra. / El ajedrez y el álgebra del persa. / Los rastros de las largas migraciones. / La conquista de reinos por la espada». Para eso hay que conocer de historia: para saber por dónde, por qué guerras ya pasamos, como humanidad; por dónde (odios, racismos, exclusiones) no deberíamos volver, y hacia dónde deberíamos de caminar.

Y por eso, somos la suma «de todo lo que hemos visto». Las películas, las caricaturas que vimos en la televisión cuando éramos más pequeños, los titulares o las fotografías que aún vemos en los periódicos. Los saltos de agua, los volcanes que vigilan nuestras ciudades. Los edificios que hemos visto reconstruidos tras una bomba, un terremoto o un incendio. También somos la suma de lo que vimos pasar en el Facebook esta mañana, o lo que descubrimos gracias a un tuit el fin de semana, la cumbre que coronó mi amiga de Instagram hace unos meses o las medias maratones que corren mujeres que admiramos y queremos [y sí, por ello es que debemos de cuidar qué publicamos, qué compartimos, porque todo eso nos construye].

Somos todo aquello «cuya existencia nos ha influido, o a lo que hemos influido». Somos esa combinación única de miradas, sonrisas, besos, acordes musicales y amaneceres. Una exquisita mezcla de esas mamás, de esos abuelos, de esos maestros que han sido compañía, ejemplo y modelo de lo que queremos ser cuando seamos grandes, sea que hayan decidido adelantarse en este viaje o que aún tengamos el privilegio de tener (relativamente) cerca. Somos la música que escuchamos de nuestros padres, de nuestros hermanos mayores y de los menores. O esas compañeras de colegio cuya vida nos enteramos gracias a esas redes sociodigitales, pero que admiramos porque han sido capaces de vivir en países que están al otro lado del mundo y aún mantienen la sonrisa y la serenidad de antes. Somos esos abuelos que conocimos por casualidad, como si el destino no hubiera tenido intención, pero cuya plática de una tarde en la cocina aún resuena y nos hace intentar ser siempre mejores. Somos esos compañeros de viaje que dos décadas después son capaces de abrirte su casa y dejarte ver que eso que une a dos seres humanos a veces no sigue las reglas de la lógica, y que está más cerca de la magia y de la química. Somos ese profe de inglés que también enseña poesía digital, y la bailarina de huapango que una noche te lleva a una exposición de pintura. Somos ese compañero al que podrías oír explicar conceptos de ética por horas, y también las amigas que te impulsan a hacer lo que habitualmente no hacés o no decís. Somos esa mamá, cuyo hijo con autismo nos ha hecho replantearnos qué es la maternidad y cómo podemos realmente conectarnos unos y otros. Somos esa sonrisa que surge en quien nos piensa.

«Somos todo lo que ocurre cuando ya no existimos, y» (aquí es donde viene la clave) «todo lo que no habría sido si no hubiéramos existido». ¿Se han dado cuenta de que somos el amor que dejamos cuando nos vamos? Esa pasión que le pusimos al trabajo, a nuestra familia, a nuestra gente. Por eso es tan importante reconocer lo que nos plenifica como seres humanos, lo que nos va a permitir dejar un mejor mundo, que según vemos no está tan desarrollado y humanizado como creíamos. Puede ser una carrera profesional, la construcción de una familia, el desarrollo de un oficio, la creación artística, y cada quien tiene derecho de elegir su herencia. Tanto la que dejará a otros como la que toma como su punto de partida. Por eso, también somos esas hermanas que luchan por liberar a sus hermanos capturados de manera irregular por policías que luego buscan amedrentarte, y somos también esas candidaturas independientes de esos ciudadanos que aceptan su responsabilidad política para intentar mejorar el sistema desde el sistema. Y somos también ese trabajo que hemos venido soñando y que hoy hemos decidido buscar, (re)crear y encontrar. Porque todo esto que somos, como individuos, se refleja en esas infinitas posibilidades que se nos permiten para poner al común nuestras habilidades y complementarlas con las de aquellos que están cerca. Porque el mejor trabajo en equipo es aquel en donde cada quien hace su parte sin desentenderse de esas otras partes que conforman el todo, lo que somos todos juntos. Y eso, en estos tiempos en donde estamos viendo otra vez ciertos símbolos en protestas de las calles de una ciudad (como “cualquier otra”) y matanzas en hospitales, atentados en cualquier calle, asaltos en donde lo que te quitan es la vida, va más allá de religiones, nacionalidades, razas o demás. Va en el reconocimiento de lo que yo puedo ser gracias a lo que somos todos los seres humanos juntos. En esa toma de conciencia de lo que, como humanidad, no podemos tolerar si queremos realmente ser, seguir siendo. Y para ello debemos, de manera urgente, saber ‘quién soy’ y ‘quiénes somos’. Algunos tenemos la dicha de tener un punto de partida y recordar que, como nos dijo Pedro Geoffroy Rivas, somos #LosNietosDelJaguar

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