
Avisada por la última secuencia de eliminatorias mundialistas, sin ir más allá de la primera desde que fue campeón del mundo en Sudáfrica 2010, la selección española soportó y rebasó todas las presiones que surgía en torno a ella este jueves en dieciseisavos de final del Mundial 2026, la propia por la clasificación y la ajena ejercida por Austria.


Mientras aguarda rival en los octavos de final, bien Portugal y Cristiano Ronaldo o bien Croacia y Luka Modric, el conjunto de Luis de la Fuente recuperó su aspecto y juego más reconocible, superior en cuanto se acostumbró al escenario y a las circunstancias, en cuanto comprendió de primera mano que su fútbol va más allá de cualquier adversario.
Cierto que Austria soltó por momentos la presión tan anunciada durante los días previos, tanto como que ni fue tan efectiva ni fue tan constante ni tan alta como ha hecho en otras ocasiones, sobrepasado por la movilidad de Dani Olmo entre líneas (novedad del once, en lugar de Mikel Merino, tras ser titular también en el 4-0 a Arabia Saudí) o el desborde por el sector izquierdo de Álex Banea y, sobre todo, por la derecha de Lamine Yamal.
Ya había domado España a Austria y su presión. También todos los fantasmas de no haber superado ninguna eliminatoria mundialista desde 2010. En Brasil 2014 quedó eliminado en la fase de grupos, en Rusia 2018 se fue en octavos en la tanda de penaltis y en Catar 2022 le ocurrió lo mismo con un 0-0 con Marruecos. Ahora, ha ido más allá de dieciseisavos. Vienen los octavos con la misma responsabilidad. No ha hecho nada aún.
Por si había alguna duda, en el minuto 66, Pedro Porro conectó el cabezazo que lo solucionó todo. Su primer gol como internacional. El centro fue de Álex Baena. Cuando España marcó el 2-0, las estadísticas era un reflejo perfecto de su domino: el 61 por ciento de la posesión por el 28 de su rival, sin sufrir ningún remate a portería por los 19 que había hecho la selección española, ocho de ellos a portería. Ya no ha ninguna duda. Aún menos con el 3-0 de Oyarzabal.





