LA NACION
El mismo mes, el presidente Donald Trump llamó “país de mierda” al hogar del líder al que alguna vez le había prometido que “siempre sería su amigo”, y elogió como un “dirigente muy competente” al jefe de Estado de una nación a la que hasta hacía poco acusaba de ser un “santuario de terroristas”. ¿Qué pasó? ¿La India y Pakistán hicieron una versión geopolítica de Un viernes de locos?.
Pero no fue solo otro volantazo retórico en el inflamable universo emocional del presidente norteamericano. La relación entre Washington y Nueva Delhi parece haber entrado en una fase de terapia intensiva, atravesada por reproches personales, diferencias estratégicas y una incomodidad cada vez más visible entre Trump y el primer ministro Narendra Modi, dos líderes que durante años habían cultivado una relación casi simbiótica.
De fondo, además, aparece una promesa que empieza a perder nitidez. Durante años, Washington presentó a la India como una de sus grandes apuestas estratégicas del siglo XXI, un socio demográfico, tecnológico y militar llamado a ganar peso en el Indo-Pacífico, equilibrar el ascenso de China y convertirse en una pieza indispensable de la arquitectura regional diseñada por Estados Unidos.
“La India se vio sacudida durante el último año por acontecimientos geopolíticos imprevistos e indeseados. Los conflictos globales y regionales le plantearon a Nueva Delhi más riesgos y desafíos que oportunidades. Por encima de todo, Nueva Delhi perdió la confianza que tenía en el respaldo de Washington”, dijo a LA NACION Daniel Markey, especialista en Asia del Sur del Stimson Center y autor de varios libros sobre la región.
Pero, ¿qué cambió? La respuesta aparece dispersa en una secuencia de episodios ocurridos durante el convulsionado segundo mandato de Trump.
Una visita incómoda
El primer aviso llegó en febrero de 2025, apenas unos días después de su regreso a la Casa Blanca. Modi fue uno de los primeros líderes invitados por Trump, un gesto destinado a subrayar la relevancia estratégica de la India en el nuevo ciclo republicano. La recepción tuvo toda la pompa de las grandes ocasiones. Alfombra roja, sonrisas, elogios y esa coreografía de afinidad viril que ambos habían perfeccionado durante años. A primera vista, la sociedad seguía intacta. Pero debajo del brillo del decorado ya empezaban a insinuarse las primeras grietas.




