Un Barça extraviado entra oficialmente en crisis

Foto de agencia

ABC

El Barça llegaba asustado al partido, con Bartomeu diciendo pestes de Valverde, de su modo de preparar los partidos y de su incapacidad para reaccionar ante las adversidades; y con cualquier persona con dos dedos de frente siendo perfectamente consciente de que mientras el club tenga este presidente y esta junta directiva no va ir a ninguna parte, porque el Barcelona depende de una idea y no sólo esta gente no la entiende sino que son incapaces de tener ninguna otra idea que no sea la de las transacciones, como lo demuestran los fichajes de los últimos años y que hace tiempo que el club no tiene director deportivo, porque estorbaría.

Valverde le dio descanso a Messi y Coutinho y Suárez lideraron con ilusión al equipo durante los primeros minutos. Un par de detalles de calidad del brasileño levantaron «ohs» de admiración en la grada. Suárez casi marca de una falta lejanísima, no menos de 30 metros. Deplorable estado del césped.

El Athletic de Bilbao se plantó en el Camp Nou con su orgullo de siempre, su presión altísima y su ambición de jugar en campo contrario. Williams tuvo una magnífica vaselina que se fue fuera por muy poco. Antes Jaime Latre se equivocó pitándole un fuera de juego a Balenziaga, en una internada que de no haber sido injustamente interrumpida muy probablemente habría acabado en gol. Tras las primeras y vistosas efervescencias de Suárez y Cotinho, el Barça perdió el control del juego, el Athletic redobló su presión y el partido se puso mucho más donde lo quería Berizzo que donde lo quería Valverde.

La defensa del Barça era un flan y el Athletic no cesaba en su ataques. Y lo que tenía que pasar, pasó, y Susaeta le puso un buen centro a De Marcos para que ante la pasividad de la defensa local -Piqué imperdonablemente distraído, sin romper la línea de fuera de juego- adelantó a su equipo. Resultado justo. No sólo era que el Athletic Club ganara: es que perdía el Barça, un Barça a la deriva, sin idea ni alma ni destino. Naufraga el galeón de Bartomeu y su banda de incapaces.

La segunda parte empezó en la banda, con Busquets y Messi calentando. El primero en entrar fue Busquets, porque Sergi Roberto pidió con pesadumbre y gravedad el cambio. Mientras se retiraba al vestuario, Roberto le hizo al banquillo el gesto con la mano de la lesión muscular. Minutos más tarde, en el 54, ovaciones y cánticos recibieron la entrada de Messi, que sustituyó a Arturo Vidal, muy decepcionado por el cambio.

Es curioso el efecto que produce la entrada de Messi en el terreno de juego: recuerda mucho a cuando una hermosa chica soltera llega a una sobremesa de hombres ya maduros. Todos entonces intentan ser ingeniosos, lucirse, no tanto por conseguir nada concreto sino mucho más por gustar y sentirse homologados para el siglo XXI. Coutinho estrelló un balón en el larguero, Dembélé tuvo dos ataques brillantes, aunque infructuosos, y en general parecía que el equipo despertaba. De Marcos, qué buen partido hizo, podía siempre o casi siempre con Coutinho: cuerpo a cuerpo, hasta neutralizar cada uno de sus intentos.

El efecto Messi no acababa de concretarse hasta que se hizo hacer una falta justo donde la quería. El público hizo el tam-tam con las manos para acompañar la carrera del argentino hacia el disparo, que sacó de cabeza Yeray sobre la misma línea de gol. Luego Busquets reclamó un penalti inexistente por una manos que no fueron y el VAR confirmó la verdad. Ninguna idea azulgrana hacía pensar en la remontada. El equipo estaba alicaído y despistado y pese a ello Messi tuvo el empate pero chutó al palo.

A pesar de que Munir, que había entrado por Dembélé, logró el empate en el 83, muy mal el Barça, tedioso, pastoso, sin rumbo cierto. Fallan los jugadores, pero sobre todo falla que el equipo se reconozca en lo que hace. La inercia de Cruyff/ Laporta/ Guardiola se ha agotado. No naufragamos por empatar o perder un partido sino por no entender lo que nos hace felices.

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