Un regalo para mis niñas migrantes

Por Lenny Castro

Hace casi tres años que Lula y Popy están lejos de su hogar viviendo en Estados Unidos, casi tres años soñando con ver a sus amigos, casi tres años que quieren dar un abrazo a sus abuelas todos los días y es ese mismo tiempo en el que a su condición de niñas, se les sumó el adjetivo de migrantes.

Esta nota comenzó con la inocente petición de Lula a su madre, donde con su dulce voz me la demandó, como un regalo.

“Mami… ¿Y por qué no escribís sobre mi?” pidió, después de pensarlo mucho y buscar no exponerlas demasiado, pensé que mi trabajo es y ha sido mostrar la realidad y la condición de migrantes de muchos niños, como mis hijas, es el pan de cada día de nuestro país.

Y la realidad, sueño y anhelos de mis niñas migrantes son las mismas de tantos otros niños, quienes arrastrados por sus padres y en muchas ocasiones sin voz para poder expresarse,  han tenido que dejar el seno de su patria.

Atesorar en sus pequeños corazones los recuerdos de su país natal y callar sobre sus deseos de volver, es parte de su día a día. Muchos de ellos en su inocencia callan para que sus padres duerman tranquilos cada noche, pensando que con buscarles una mejor vida basta para hacerlos felices.

Pero antes de que estos pequeños reconozcan cualquier sacrificio, han cargado un luto muy pesado en sus corazones y eso lo he visto con mis nenas.

¿Qué sienten? ¿Qué piensan?

Lula y Popy me han contado cómo ven ellas su éxodo y el de otros niños que no han tenido la misma suerte que ellas, por eso quiero contar su historia y dárselas como regalo de Navidad, donde el mejor obsequio es hacer que su voz sea escuchada.

La hermana menor

Lula, a sus cortos 10 años sabe que salió de El Salvador huyendo, que la integridad física de sus seres queridos estaba en peligro y aceptó porque como bien me dijo con sus inocentes palabras “Estamos juntos y tú estás viva”.

Al decirlo la veo fuerte, pero sé que sobre sus hombros hay un gran peso, mi integridad a costa de su felicidad.

Y no es que ella no sea feliz, es que parte de sus ilusiones y recuerdos también están allá, donde están los suyos o su “familia grande”, como la llaman mis hijas. Porque su padre y su madre son la “familia chiquita”.

La partida de El Salvador fue dura para todos, en especial porque sobre mi espalda pesaban amenazas de muerte (tema en el que no ahondaré) porque esta no es mi historia, es de mis hijas, pero el conocimiento de ese hecho es una realidad que las marcó y ha cambiado su imagen del país.

Desde su partida se han mudado continuamente (entre 3 y 4 veces en casi tres años) en este tiempo aprendieron a  abrir su corazón para muchos ángeles, quienes desinteresadamente las han ayudado en el camino y también ahora pueden reconocer a la gente buena de la mala.

Actualmente han logrado un punto intermedio, entre la estabilidad en un país extranjero y el amor por un país con el que sueñan, pero al que saben que no podrán volver en mucho tiempo.

Lula lloró mucho el primer año, cuando le pregunto la razón me dice que extrañaba su casita, sus amigos, su escuela y sobre todo a las abuelitas. Ella se sentía frustrada porque era difícil hacer nuevos amigos cuando no hablaban el mismo idioma y después se negaba a hablarlo.

Lo que para mí, contradice aquel mito que todos los padres migrantes tenemos por una verdad y es que los niños hacen amigos rápido y a esa misma velocidad aprenden un nuevo idioma.

Sin embargo para Popy, las cosas fueron distintas, a su llegada al nuevo hogar tenía casi 12 años y hablaba lo básico del inglés, ella me explicó que establecerse fuera de El Salvador fue y sigue siendo una aventura emocionante.

Le encanta conocer gente nueva  y en especial le gusta  la escuela, porque tiene acceso a diferentes opciones de aprendizaje y a formar parte de una serie de actividades que le han permitido  combinar arte, aprendizaje formal y deportes (aunque acepta está última área no es su favorita).

Ambas, a diferentes niveles, con el tiempo ahora piensan y escriben en dos idiomas. Aprendieron a hablar el inglés y a respetar el español, esto no ha sido fácil, la menor de las hermanas recuerda que fue una etapa desesperante.

Como madre, pienso que en el caso de Lula, su condición de líder  y no poder imponerse en algún momento la llevó a sentirse abrumada, pero fue esa misma condición la que la ha ayudado a sobreponerse continuamente ante cualquier reto.

Ahora tiene buenos amigos y muchos proyectos, su frase favorita es “… Un nuevo lugar, una nueva oportunidad.” Ya no llora por las cosas que dejó atrás, pero cada vez  que tiene la oportunidad me pregunta si creo que los hombres malos ya no piensan en nosotros.

El miedo

El tiempo que ha pasado desde la partida es poco relativamente, aunque a las niñas les parezca mucho, y responder a esa pregunta es duro para cualquier padre que sabe que las cosas siguen tal como al principio.

Pero uno de los esfuerzos que como padres estamos haciendo es mostrarles la realidad tal y como es, sin endulzarla o disfrazarla y explicarles que convivir con miedo no es una opción para ellas.

Ambas niñas lo conocen y saben que no es un sentimiento saludable, también reconocen la otra cara del miedo, esa que están viviendo otros niños, que son migrantes al igual que ellas pero no tienen la suerte de contar con lo que ellas tienen, un estatus migratorio regular.

“Yo sé que hay muchas formas de viajar, nosotros nos vinimos de una forma segura, pero hay otras personas que no viajan de forma tan segura… ¡Caminan! y tienen que tomar riesgos porque si cruzan una línea que se llama frontera sin permiso y unos policías los ven, les pueden quitar a sus hijos y mandar a sus papás a la cárcel.” Explicó Lula cuando le pregunté si conocía cuáles eran las diferencias entre su llegada a Estados Unidos con la de otros niños.

Inmediatamente después el papel de entrevistador cambia y ella me pregunta ¿Mami pero tú nunca hubieras dejado que eso me pasará verdad? ¿Vivir lejos de ustedes? Me mira fijamente y algo encuentra en mi mirada porque luego me abraza  y ella misma responde a su pregunta con un ¡No!

“El tesoro más preciado de un padre son sus hijos y harían lo que fuera para mantenerlos a salvo…”  es su respuesta automática  y su mundo vuelve a estar bien.

La Hermana mayor

A sus casi 15 primaveras Popy es toda luz y madurez, a ella no le gusta hablar de las razones por las que migró pero cuando se ve obligada a hacerlo con su hermana, su única confidente del tema, adopta un tono solemne y siempre usa palabras reflexivas para que ésta no se ponga triste.

Siempre le pone como ejemplo a los niños de las noticias, que la están pasando mal. “Somos unas chicas muy pero muy afortunadas, porque también hay niños que no conocen a sus padres o tienen que vivir sin ellos porque no podían viajar juntos.” Le recalca.

Popy, dice que cuando sea más grande intentará ser presidenta o representante de alguna organización de derechos humanos para velar por los derechos de los niños que tienen que irse a vivir a otro país.

“Trabajaría con los gobiernos para que existiera una regla (al referirse a ley) que prohibiera separar a los niños de sus padres. No deben hacer eso… ¿Qué pasa cuando son bebés? ¿Qué pasa cuando crecen? Se deprimen y crecerán así con mucho odio, eso no traerá nada  bueno.” Afirmó.

Las hermanas, tienen como punto número uno en su lista de deseos, a futuro, retornar algún día a su país, no saben si a pasear o volver a vivir, es algo en lo que no logran ponerse de acuerdo.

Pero donde ambas coinciden es en que lo único que necesitan y quieren es estar junto a sus padres. Aunque sería perfecto tener todos los días la comida de El Salvador, a las abuelas, la playa, el calor  y después de la escuela poder ver a sus amigos.

Para finalizar la entrevista con mis niñas migrantes les pregunté qué deseaban para los otros niños que han tenido que salir de su país y su respuesta fue sencilla pero contundente, “…Que siempre estén con sus padres y que sus papás siempre los escuchen.” deseó Lula.

A lo anterior Popy sumó su opinión  de “no querer que lleven más niños a prisiones por querer estar con sus padres en otro país.”

Al escucharlas reafirmo el valor del seno familiar y el poder del amor de éste y como contribuye a que la inocencia crezca y sobreviva en la adversidad. Espero que otros escuchen la voz de mis niñas y la de otros niños migrantes por medio de esta nota.

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