Por Liset Orellana, Corresponsal de Prensa en Estados Unidos
Mayo suele estar lleno de flores, abrazos y celebraciones. Sin embargo, para muchas madres también es un mes que despierta recuerdos, sacrificios y heridas que nunca terminan de cerrar. La historia de Marta García es una de ellas.
Originaria de Cabañas, El Salvador, Marta tenía apenas 23 años cuando tomó una de las decisiones más difíciles de su vida. Corría el año 2002 y dejó atrás a su hijo de apenas dos años, al cuidado de su madre, mientras emprendía el viaje hacia Estados Unidos con la esperanza de construir un futuro mejor.
Más de dos décadas después, recuerda aquel momento como si hubiera ocurrido ayer.
«Vine con una maleta llena de sueños. No quería trabajar así como en un McDonald’s o en compañías. Mi sueño en El Salvador era ser licenciada en Administración de Empresas, pero allá no se me dio y aquí sí administro, pero mis propios negocios porque me he dedicado cien por ciento a construir mis sueños», relata.



Los primeros años no fueron sencillos. La nostalgia por su hijo se mezclaba con las largas jornadas laborales y el desafío de adaptarse a una cultura completamente diferente.
«Los primeros años fueron muy dolorosos. La adaptación fue lo más difícil por las diferentes culturas. Pero con esfuerzo, resistencia, persistencia y la ayuda de Dios iba abriendo camino», recuerda.
Durante sus primeros tres años trabajó en fábricas de tinta y posteriormente en una empresa dedicada al revelado de rollos fotográficos. Eran empleos que le permitían sobrevivir, pero no abandonaba la idea que había traído desde El Salvador: algún día tendría un negocio propio.
Con esa meta en mente estudió para convertirse en agente de bienes raíces. Ese paso marcó un antes y un después en su vida porque ahí llegó su primer gran ingreso monetario.
Lo que vino después fue el resultado de años de disciplina y visión empresarial. Marta fundó varias empresas que hoy sirven tanto a la comunidad salvadoreña como a otros residentes del área donde vive.



Actualmente dirige M&G Auto Body Repair, una compañía especializada en reparación de carrocería, mantenimiento y servicios mecánicos. También lidera M&G Tag and Title Services, empresa creada en 2013 para ofrecer asesoría y apoyo a la comunidad en diversos trámites y servicios.
Pero detrás de la empresaria exitosa existe una madre que nunca dejó de pensar en el hijo que había quedado en El Salvador. Cada esfuerzo, cada ahorro y cada nueva meta tenían un destinatario.
«Todo lo hacía pensando en él», confiesa. La vida, sin embargo, tenía preparada una prueba imposible de imaginar.
Años después, aquel niño por quien había sacrificado tanto enfermó gravemente. Marta movió cielo y tierra para intentar salvarlo. Buscó especialistas, tratamientos, alternativas médicas y acompañamiento espiritual. No escatimó recursos económicos ni emocionales.
«Las empresas sí fueron para él porque de ahí se pagaban los tratamientos, los ingresos y todo lo relacionado a su salud», dice con serenidad.
Pudo viajar a El Salvador para acompañarlo, abrazarlo y animarlo durante la enfermedad. Estuvo presente como madre hasta donde las circunstancias se lo permitieron.
Pero el cuerpo de su hijo no resistió. El golpe fue devastador.




En medio de esta tormenta, Marta encontró refugio en actividades que hasta entonces parecían simples pasatiempos. Comenzó a elaborar arreglos florales y manualidades. Lo que inició como una distracción terminó convirtiéndose en una terapia para sobrellevar la anguistia y el dolor.
Así nació también M&G Flower Shop, una floristería que hoy participa en eventos especiales y celebraciones importantes.
Cuando parecía que la vida solo le había dejado ausencia, llegó una nueva oportunidad para volver a ejercer la maternidad. Dios le concedió un segundo hijo.
Hoy, aunque el niño vive con autismo, Marta lo describe como uno de los mayores regalos que ha recibido. «Es un regalo de Dios porque tengo la oportunidad de estar pendiente de él siempre. Su cariño y su amor no tienen límites», expresa con una sonrisa.
Sus palabras revelan una comprensión distinta de la vida. La mujer que un día cruzó fronteras buscando prosperidad descubrió que el éxito no siempre se mide en empresas, propiedades o cuentas bancarias.
A veces se mide en la capacidad de levantarse después de perderlo todo.
A veces se mide en seguir creyendo.
Y a veces se mide en el privilegio de volver a escuchar la palabra más importante de todas: mamá.
Su historia no es únicamente la de una empresaria salvadoreña que alcanzó el sueño americano. Es la historia de una madre que construyó empresas para un hijo, luchó por salvarle la vida cuando la enfermedad tocó a su puerta y encontró fuerzas para seguir adelante cuando el dolor parecía imposible de superar.
Porque hay sueños que se construyen con trabajo.
Pero hay amores que se construyen para toda la vida.







