El género que genera desventajas

A Karla, la golpearon brutalmente y la violaron unos pandilleros por ser lesbiana (según ellos). Ella recuerda muy bien que le dijeron que le iban a quitar lo “marimacha” y “tortillera” a pura “verga” literalmente.

Si la entrada de esta columna te ofende, no la sigas leyendo porque tiene otros testimonios de personas que por haber nacido con vulva han tenido que soportar una serie de vejaciones -incluyendo las impuestas por el sistema- culturales, políticas, económicas y sociales.

Karla sobrevivió de milagro, pero tuvo que huir de su país, busco en otro lado la protección que El Salvador y su familia no le pudieron brindar, ahora cuenta con asilo en E.E.U.U. y no puede volver a El Salvador (ni quiere). El pecado de ella, fue no haber llenado los estándares que de su “género” se espera.

Al igual que muchas, ella no cumple con los estereotipos que tiene asignados en una sociedad machista como la salvadoreña. Principalmente no es heterosexual, no sabía cómo complacer a un hombre y eso es imperdonable. De ahí que siempre sufrió desde pequeña en la escuela, en su casa, en la iglesia y por último en su comunidad; la cual era dominada por una pandilla y que le dio el tiro de gracia obligándola a huir.

Raquel, solo tiene 15 años y desde los 11 fue violada sistemáticamente por su padre y sus dos hermanos. Había días en que su procreador también la obligaba a mantener relaciones sexuales con sus amigos borrachos para saldar alguna deuda o conseguir un trago. La situación de Raquel encaja perfecto en una historia de horror y se vuelve más oscura cuando al abuso se le suma que ella nació con síndrome de Down y fue abandonada por su madre a su suerte en manos de sus tres monstruos personales.

El problema de Raquel, también es de construcción de género, nació mujer y fue tratada como tal, si tiene chiches y vulva, entonces había que usarlos y fue abusada por las personas que la tenían que proteger.

Carmen, pasó a engrosar los números del feminicidio a finales de 2017 y para sus vecinos ella se buscó solita su propia desgracia, tuvo la osadía de tentar al pastor de la iglesia evangélica donde se congregaba y él era casado.

Siempre lo andaba buscando y llegaba a verlo en horas que la esposa no estaba, lo volvió loco y un hombre celoso, después ella ya no quería nada con él y se andaba exhibiendo con otro, ya una vez el pastor le había pegado por andar “putiando” y le advirtió que era de él.

Muchos vecinos se preguntan por qué no hacía caso, el día que el pastor la mató a machetazos ella había estado en una esquina oscura con el vigilante de la colonia y algunos vieron que se estaban besando, eso volvió violento al pastor que la sorprendió infraganti. “A nadie le gusta que le toquen su comida”. Lógico.

Los gritos de Carmen se escucharon fuertes y claros, pero nadie llamó a la policía o intentó defenderla ¿para qué?  Si se lo merecía por “puta”. Nadie sabía que le veían los hombres, ni bonita era, tenía sobrepeso y además era peluda.

A Karla, Raquel y Carmen las cosificaron, ellas se volvieron objetos por su condición de mujer, podían ser prescindibles, desechadas y maltratadas; así como muchas otras que han sufrido igual o cosas peores que ellas. Según sus agresores y la sociedad en las que les toco nacer, las que están mal son ellas (a parte de ser mujeres o niñas, todas tenían una condición que las hacia defectuosas).

En el caso de Karla, no importaba la concepción que tuviera de sí misma, ella tenía que actuar como mujer y si había que emplear la violencia para que volviera al camino, que así fuera.

Raquel nunca tuvo opción, su condición de mujer y de padecer síndrome de Down la privó de sentimientos (a ojos de los violadores) y la volvió un objeto así como esclava sexual de los hombres de su vida.

Mientras que Carmen era una “puta desobediente”, ella pervirtió a un santo varón a los ojos de la sociedad y el pecado de la lujuria en una mujer se tiene que pagar muy caro, ella no se adaptó a la concepción que la sociedad tiene del género femenino. Le gustaba el sexo.

Y es que al parecer cuando sos mujer cualquier maltrato hacia vos se vale, te pueden gritar  en la calle  ¡Mamacita! ¡Cosita rica! Y tenés que sentirte bien por ello. En cuanto ven que tenés chiches te exponen a constantes límites, sobre todo los hombres, pero eso es normal, no pasa nada “solo son las costumbres sociales”.

Me pregunto yo, en nombre de esas costumbres sociales ¿Cuántas mujeres más deben ingresar a la espiral de violencia y muerte para que pongamos manos a la obra y logremos frenar la ideología enferma que impera en la sociedad, plagada de misoginia y machismo?

¿Hasta cuándo el Estado dejará de ser cómplice de estos hechos a través de su indiferencia? Se me pone el pelo de punta de solo pensar que aquellos hombres que ostentan grandes cargos -y muchos son administradores de justicia en el país- han sido perpetradores de la violencia contra la mujer.

Casos de abogados involucrados en pornografía infantil, diputados viviendo y construyendo familias con menores de edad (que en otrora fue su hijastra), jueces que liberan a acusados de violar a menores justificando su accionar en las costumbres sociales, entre otros atropellos.

Como mujer y madre pido que haya igualdad para las niñas y mujeres, que la justicia nos proteja para que no vivamos temiendo que por nuestro género, no  tomen en cuenta nuestros puntos de vista. Quiero vivir sin el temor de que mis hijas o yo seamos víctimas del feminicidio.

Ambiciono que mis hijas puedan decidir a quién amar, no quiero a más mujeres golpeadas por celos de machos o a niñas y mujeres torturando su cuerpo para poder encajar en los estándares de belleza que la sociedad les ha impuesto.

No quiero que por ser mujeres nos veamos en desventajas económicas, políticas, sociales y culturales. Como mujer ya no quiero etiquetas y quiero dignidad.

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