El cementerio del fútbol en Indonesia: estampida con 125 muertos en un estadio de Java oriental

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Sábado por la noche, Kanjuruhan Stadium, al sur de la provincia de Java Oriental. Termina el partido entre Arema FC y Persebaya Surabaya, dos equipos, acérrimos rivales, que ocupan la zona media de la tabla de la Premier League de Indonesia. Los locales pierden 2-3. Con el pitido final, los hinchas de ambos equipos invaden el campo. Unos rabian con violencia por la derrota. Otros, celebran la victoria.

Alrededor de 3.000 seguidores del Arema intentan agredir a sus jugadores, que corren despavoridos hacia los vestuarios. Ambas aficiones se enfrentan con palos y puños. Interviene rápido la policía, que comienzan a cargar con sus porras. Los agentes, equipados con material antidisturbios, también lanzan varias ráfagas de gases lacrimógenos, tanto al campo como a las gradas de un estadio con capacidad para 38.000 personas, pero donde había más de 42.000 espectadores. La marabunta de ‘hooligans’ se dispersa. Muchos tratan de salir del estadio, formando un tapón en las puertas que acaba en estampida.

La gente cae al suelo desmayada por las nubes de gases. Los que huyen les pasan por encima. Se forman montañas humanas donde las personas que están abajo del todo se asfixian. Muchas de las que quedan tendidos en el suelo ya no se mueven. En una de las salidas del estadio, los agentes dejan las porras y escudos para recoger cuerpos sin vida. De una tirada, se llevan 34 muertos.

Unas horas después, ya de madrugada, la cifra oficial asciende a 174 fallecidos y 180 personas heridas. Un número que redujeron varias horas más tarde a 125 fallecidos, aunque los heridos aumentaron a 323. La Policía Nacional explicó que la discrepancia de los datos se debió a «un error en el registro» en los hospitales. Entre las víctimas hay dos policías.

«Todos murieron por el caos, el hacinamiento, el pisoteo y la asfixia», explicó en una rueda de prensa el jefe de policía de Java Oriental, Nico Afinta. No hay precedentes en los últimos 50 años de una tragedia igual en un campo de fútbol. Habría que remontarse a los disturbios en el Estadio Nacional de Lima en 1964, cuando hubo 384 muertos después de un partido entre Perú y Argentina.

Las autoridades indonesias dicen que investigarán lo ocurrido en el Kanjuruhan Stadium. Algunos echan la culpa a la actuación de la policía. Otros, al hacinamiento en el estadio y a los fallos en los protocolos de seguridad que retrasaron la entrada de las asistencias médicas. El uso de esos gases lacrimógenos por parte de la Policía ha sido criticado por algunas entidades internacionales, como Amnistía Internacional, que ha instado a las autoridades indonesias a llevar a cabo una «investigación rápida, exhaustiva e independiente sobre el uso de gases lacrimógenos en el estadio».

Según indica la agencia de noticias AFP, Amnistía ha subrayado que el «gas lacrimógeno nunca debe ser disparado en espacios cerrados» debido a su alto nivel de peligrosidad y ha recordado que las normas de seguridad de los estadios de la FIFA prohíben el transporte o el uso de los llamados «gas de control de multitudes». «El gas lacrimógeno solo debe usarse para dispersar multitudes cuando se ha producido una violencia generalizada y cuando otros métodos hayan fallado. Se debe advertir a la gente que se usará gas lacrimógeno y permitir que se disperse», ha expresado el director ejecutivo de Amnistía Internacional Indonesia, Usman Hamid.

El presidente indonesio, Joko Widodo, ha expresado «sus más sentidas condolencias» y anunciado que ha solicitado «una evaluación exhaustiva de la ejecución de los partidos de fútbol» y de «los procedimientos de seguridad para su celebración», así como una investigación para «averiguar a fondo» los sucesos en Malang.

«Le pedí al ministro de Salud y al gobernador de Java Oriental que supervisen los servicios médicos especiales para las víctimas que están siendo tratadas en hospitales para que tengan el mejor servicio», agregó el mandatario en un discurso televisado. Pero el incidente del sábado no es un caso aislado en un país donde ver un partido de fútbol en un estadio ya le ha costado la vida a mucha gente.

«HUBO AFICIONADOS QUE MURIERON EN BRAZOS DE JUGADORES»

«Tras el partido me fui al vestuario y algunos jugadores se quedaron en el campo. Al volver de la rueda de prensa me encontré con la tragedia y con el caso dentro del estadio. Los muchachos pasaban con víctimas en brazos», explicó el entrenador chileno del club indonesio Arema, Javier Roca a la cadena Ser. «Lo más terrible fue cuando entraban víctimas a ser atendidas por el médico del equipo. Entraron unas veinte personas y fallecieron cuatro. Hubo aficionados que murieron en brazos de jugadores», asegura.

«Estoy destrozado mentalmente. Siento una carga muy fuerte, incluso responsabilidad. Los resultados mandan y determinan lo que pasa al acabar. Si hubiésemos empatado, esto no hubiese pasado«, lamentó.

«Quedó demostrado que el estadio no estaba preparado, no esperaban un caos de tal magnitud. Fue una avalancha. Nunca había pasado nada así en el estadio, y se vio colapsado por la cantidad de gente que quería huir. Creo que la policía se extralimitó, aunque no estaba en el campo y no viví el desenlace. Viendo las imágenes, quizás podrían haber usado otras técnicas», añadió Roca en su entrevista. «No hay ningún resultado, en ningún partido, por muy importante que sea, que merezca la pena por una vida», sentenció.

VIOLENTA RIVALIDAD DE LAS AFICIONES

Indonesia es una vasta nación con más de 270 millones de habitantes, el cuarto más poblado del mundo. Tiene alrededor de 17.000 islas con más de 700 idiomas y dialectos diferentes. La diversidad es apabullante. Pero la mayoría de equipos de fútbol de la Premier League se concentran en la isla volcánica de Java, donde la violenta rivalidad entre aficiones lleva años siendo la tónica constante en cada partido.

Los grupos de ultras de algunos clubes superan los 100.000 miembros. Muchos funcionan con disciplina militar, uniformados como soldados de infantería que siempre siguen a un líder al que llaman comandante. Además, estos grupos suelen tener conexiones con las mafias locales de amaño de partidos. Varios escándalos han saltado alrededor de estos círculos, salpicando incluso directamente a la federación de fútbol del país.

Cuando juegan fuera de casa, muchos de los 18 equipos de la Premier League tienen que ir a los estadios en vehículos blindados. Akmal Marhali, un periodista deportivo que dirige una ONG local llamada Save Our Soccer (SOS), contaba en una entrevista a la cadena ABC News que el fútbol de su país se «había convertido en un cementerio», no en un entretenimiento. «Los asesinatos de ojo por ojo entre los fanáticos han estado ocurriendo durante demasiado tiempo», aseguraba Marhali.

Hace cuatro años, fue notorio el asesinato a palazos y pedradas de un joven seguidor del equipo de Yakarta, la capital, a manos de los ultras del equipo rival, Persib Bandung. Su asesinato conmocionó al país porque fue grabado con un móvil y hasta acabó publicado en YouTube. Hubo una condena uniforme por parte de las autoridades. Edy Rahmayadi, presidente de la Asociación de Fútbol de Indonesia, dijo entonces que se trataba de la víctima número 95 relacionada con el fútbol desde 2005. Una cifra que se ha disparado con las 127 muertes del sábado.

Tras la tragedia en el Kanjuruhan Stadium, algunas voces han puesto en duda que Indonesia cuente con la seguridad apropiada para celebrar, como está previsto, el próximo Mundial Sub-20 de la FIFA en mayo. El año que viene también será uno de los países que se postulan para acoger la Copa Asiática.

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